Una vez cuando niña
y las buganvilias florecían,
por vez primera
sentí que yo existía.
Tu mano se posó en mi hombro,
no entendía
y no supe
ver el regalo total de tu presencia,
ese ademán sencillo y cotidiano
tenue, hudizo,
como agua que acaricia
las piedras en el río,
quedó,
indeleble en su esencia
dando sentencia y forma
a la palabra amor
(a mi tío Carlos, el cercano, en el día del padre)
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